CONTEMPLATIVOS EN LA RELACIÓN

El Evangelio del domingo XIV nos decía estas palabras: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.” (Mateo 11, 28-30)

Cuando Jesús recorría las calles de Galilea anunciando el Reino de Dios, sintió compasión de la muchedumbre, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor (Cf. Mateo 9, 35-36) y les dice: “Venid a mí todos.”

Hoy día también deseamos que esa mirada de Jesús se pose sobre los sufrimientos que vive la humanidad, los horrores de la violencia, la hambruna que padecen algunos países, los desastres que provocan las adicciones y sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles, así como desprovista de un sentido y una meta en la existencia.

Aquí transcribo una noticia de hace un mes, del 03 de julio pasado y que me parece una llaga desafiante en este mundo de la superproducción: “Somalia es el epicentro de una prolongada sequía que se prolonga desde hace un año y medio. Se trata de la peor crisis humanitaria en los últimos 60 años. Ante la grave crisis por las sequías y las lluvias en el cuerno de África que afecta a unas 10 millones de personas, otra tragedia aparece ahora. Muchas familias, en medio de la desesperación, deciden dejar a los hijos más débiles con la esperanza de salvar a los otros, en el largo viaje hacia Mogadiscio capital de Somalia. La agencia vaticana informa que, además y lamentablemente, muchos mueren en el camino, debilitados por el hambre, la sed o enfermedades. El terrible sacrificio de abandonar a los propios hijos más vulnerables, que no son capaces de moverse, es dictado por la esperanza de salvar a los otros hijos”.

Volviendo a las circunstancias evangélicas y mirándonos en el mundo actual rogamos a Cristo: ¡Míranos! ¡Ten misericordia de nosotros! Porque Él contempla y mira al mundo y a las personas con los ojos de Dios. La mirada de Cristo hacia la gente es lo que podemos llamar una mirada contemplativa en la relación. Por eso decimos también que Él ha sanado nuestras heridas.

Una mirada contemplativa nos lleva a fijarnos más en la herida de la persona que en sus posibles causas o defectos que nos liberarían de responder a ese dolor; a no hacer una lectura plana o superficial de los males; tampoco a ser indiferente ni proponer soluciones reivindicativas.

El contemplativo en la relación busca ser persona de acogida sonriente y bien humorada, que nunca olvida en su oración cotidiana esta doble petición: una actitud de respeto ante los templos del Espíritu con que va a encontrarse en el día y una sonrisa acogedora ante los Cristos que le van a salir al encuentro. También se entiende desde aquí esta experiencia de un creyente: “ayudar a Dios a no morir en mí (cuando Le acojo en su rostro desfigurado) y a nacer o renacer en los demás”.

Jesús promete que dará descanso, pero pone una condición: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¿En qué consiste este yugo, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar levanta? El yugo de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento. (cf. Jn 13, 34; 15,12) El verdadero remedio para las heridas de la humanidad, tanto el hambre como las injusticias y psicológicas y morales, es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios.

Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia y la soberbia con el fin de asegurarse el éxito a toda costa. Es necesario adoptar una actitud interior y exterior de mansedumbre en las relaciones humanas, aprender de Jesús la humildad verdadera. “Quien desee conocer claramente la verdad en sí mismo, es necesario que, quitada la viga de la soberbia que impide que la luz llegue a su ojo, se disponga a ascender en su corazón y por medio de esa subida se observe a sí mismo en sí mismo y así por medio del último grado de humildad llegue al primer grado de la verdad. (Amor - Verdad - Libertad. San Bernardo. Ed. Monte Carmelo)